Una revelación del Ser · Parte 3 · El regreso a casa

3.2

La (im)perfección del Espiritismo

Ha llegado la hora de reabrir la objeción que quedó guardada. Tenía dos partes: que somos imperfectos, aunque destinados a la perfección, y que somos espíritus, y no Dios. Vamos a las dos, empezando por lo que dice la propia codificación.

Lo que dice la codificación#

¿De dónde viene la idea de que somos espíritus imperfectos?

Sobre nuestro origen, la codificación usa siempre la misma fórmula, y la repite de obra en obra:

"Dios creó a todos los Espíritus sencillos e ignorantes, es decir, faltos de ciencia." — El Libro de los Espíritus, pregunta 115

"Dios no creó Espíritus malos, sino sencillos e ignorantes, es decir, igualmente aptos para el bien como para el mal." — El Libro de los Espíritus, pregunta 121

"Todos ellos son creados sencillos e ignorantes, y se instruyen en las luchas y tribulaciones de la vida corporal." — El Libro de los Espíritus, pregunta 133

"Ya te lo hemos dicho: los Espíritus fueron creados sencillos e ignorantes." — El Libro de los Espíritus, pregunta 634

"Las almas o espíritus son creados sencillos e ignorantes, esto es, sin conocimiento y sin conciencia del bien y del mal, pero aptos para adquirir todo lo que les falta." — El Cielo y el Infierno

"Todos son creados simples e ignorantes, con idéntica aptitud para progresar mediante su actividad individual; todos alcanzarán el grado de perfección compatible con los esfuerzos personales de la criatura." — La Génesis

Ahora fíjate en lo que dice esa fórmula, y sobre todo en lo que no dice.

Es siempre la misma: sencillos e ignorantes. Nunca imperfectos.

Busqué en las cinco obras de la codificación: El Libro de los Espíritus, El Libro de los Médiums, El Evangelio según el Espiritismo, El Cielo y el Infierno y La Génesis. El concepto literal de "creados imperfectos" no aparece ni una sola vez.

Lo que se dice es que fuimos creados sin conocimiento, y que el conocimiento se conquista. Eso es diferente de haber sido creados con defectos.

Sería deshonesto, sin embargo, detenerse aquí, porque está el otro lado, y hay que encararlo.

La codificación afirma, en ocho pasajes, que no fuimos creados perfectos.

El primero ya lo conoces. Es la pregunta 119, la de la objeción que quedó guardada: "Sin lucha, ¿dónde estaría el mérito?"

La Génesis va más allá. Kardec plantea la objeción y, al responderla, vincula la perfección a la existencia misma del mal:

"Si Dios hubiese creado perfecto al hombre, el mal no existiría. Si el hombre hubiese sido creado perfecto, tendería fatalmente al bien." — La Génesis, capítulo III, ítem 9

El más directo de todos viene en forma de pregunta. La pregunta 130 de El Libro de los Espíritus empieza así:

"Si es errónea la opinión de que existen seres creados perfectos y superiores a las demás criaturas…".

La pregunta no discute si la opinión es errónea. Parte de eso como un dato.

Los otros cinco dicen lo mismo con una palabra que vas a reconocer:

"No habiéndola Dios creado perfecta, sino susceptible de llegar a serlo, a fin de que tenga el mérito de sus obras, puede faltar. Sus caídas son las consecuencias de su debilidad natural." — El Cielo y el Infierno

"Dios los ha creado perfectibles, les ha dado como fin la perfección y la dicha, que es su consecuencia, pero no les ha dado la perfección, sino que ha querido que la debiesen a su trabajo personal, a fin de que tuviesen el mérito de ella." — El Cielo y el Infierno, primera parte, capítulo IX, ítem 20

"Dios no ha querido hacer de él una máquina que obrase y obedeciese a ciegas. Si esta libertad le hace falible, le hace también perfectible…" — El Cielo y el Infierno, segunda parte, capítulo V, mensaje al Espíritu Félicien

"…en una palabra, con el Espíritu que anima al ser esencialmente perfectible: el hombre, el rey de la creación. (…) Reconoced, entonces, que no se puede asimilar al hombre, el único ser perfectible en sí mismo y en sus obras, con ningún individuo de las otras especies que viven en la Tierra." — El Libro de los Médiums, capítulo XXII, disertación del Espíritu Erasto

"…en el seno del que os ha creado débiles para haceros perfectibles, y quiere que vosotros mismos modeléis vuestra blanda arcilla a fin de que seáis los artífices de vuestra inmortalidad." — El Evangelio según el Espiritismo, capítulo VI, ítem 6, mensaje del Espíritu de Verdad, París, 1861

De aquí nace la frase que tantos espíritas repiten. "No habiéndola Dios creado perfecta, sino susceptible de llegar a serlo" y "Dios los ha creado perfectibles" son, punto por punto, el "no somos perfectos, somos perfectibles" que se oye en los centros.

Una palabra corregida#

Quedamos, entonces, ante dos constataciones que tienen que convivir.

La codificación nunca dice que fuimos creados imperfectos.

Y la codificación dice, ocho veces, que no fuimos creados perfectos.

La clave para conciliar las dos está en una única palabra, que el propio Kardec escribió y enseguida corrigió.

En la Revista Espírita de marzo de 1864, en un artículo titulado —sin ironía alguna— "Acerca de la perfección de los seres creados", Kardec escribe:

"Creados simples e ignorantes, y por eso mismo imperfectos o, mejor dicho, incompletos, los Espíritus deben adquirir por sí mismos y mediante su propia actividad la ciencia y la experiencia que no poseen al principio."

Relee la frase. Kardec escribe "imperfectos" y, en la misma línea, se corrige:

"y por eso mismo imperfectos o, mejor dicho, incompletos"

Usó la palabra e inmediatamente la cambió. Porque "imperfecto" lleva la idea de falla, y no era eso lo que quería decir. Lo que quería decir es que el ser creado empieza incompleto: con capacidades latentes por desarrollar, no con defectos por reparar.

Y la escala de El Libro de los Espíritus confirma la corrección, si se lee con atención. A quien llega a la cima no se le llama perfecto. La pregunta 97 dice:

"Puede colocarse en el primer orden a los que han llegado a la perfección: los Espíritus puros."

Puros. Y el camino hasta allí, en la pregunta 985, se describe como depuración: los Espíritus encarnan "en mundos cada vez más perfectos, hasta que se hayan desprendido de toda clase de materia y lavado todas sus manchas". Desprenderse, lavarse. La palabra de la codificación para la evolución no es añadir. Es quitar.

Un siglo después, la literatura espírita dijo lo mismo con todas las letras. En el libro Segurança Mediúnica, Miramez escribe:

"El Espíritu, en la profunda filosofía espiritual, nada aprende. Todo lo que oímos de los demás y todo lo que vemos en los libros, incluidos otros métodos de aprendizaje, solo tiene por objeto despertarnos, despertar lo que existe dentro de la conciencia, porque Dios, siendo la suprema perfección, nada haría imperfecto*. No tenemos solamente seis o siete sentidos. Son muchos nuestros dones. Los demás escapan todavía al progreso humano.*

Después de desarrollados o despertados, en el amanecer del tiempo y en las bendiciones de Dios, pasaremos a entrar en lo que podemos llamar el "todo de la concienciación, de la sabiduría y del amor", en vista de lo que nuestro mundo admite en su escala evolutiva."

La parte en negrita lo dice todo.

¿Dónde estaría el mérito?#

Ahora la pregunta 119 puede responderse, sin huir de ella.

Los Espíritus dicen que, si hubiéramos sido creados perfectos, no habría mérito. Pero el mérito del que hablan es el de quien trabaja, y trabajo hay en los cuatro testigos. Ra lo llama la Elección. Bashar, actuar hasta donde te lo permita tu capacidad. Sai Baba, sadhana. Patanjali, práctica y desapego. Todos piden esfuerzo.

Lo que cambia es el objeto del esfuerzo. Si la esencia fuera defectuosa, el trabajo sería repararla. Si es perfecta, y lo que está incompleto es la manifestación —como corrigió Kardec—, el trabajo es completar la manifestación: quitar lo que encubre, despertar lo que está latente. El mérito sigue entero. Solo cambia de lugar. Sale de la esencia y va a la elección de cada día.

¿Y de dónde viene, entonces, lo que hay que quitar?

Cuando fuimos creados, sencillos e ignorantes, en el momento de la creación estábamos en estado de felicidad. No podría ser de otro modo: Dios crea a cada criatura destinada a la felicidad. Kardec lo registra en El Libro de los Espíritus, en el comentario a la pregunta 148: "La religión nos enseña también que seremos felices o desgraciados, según el bien o el mal que hayamos hecho". Considerando a Dios como bondad infinita, solo existe la opción de que hayamos sido creados felices, y así permanecimos hasta nuestras primeras elecciones.

Podríamos haber elegido solamente el camino del bien y haber tenido actitudes cien por cien alineadas con las leyes de Dios. Si lo hubiéramos hecho, seguiríamos eternamente felices, evolucionando hasta convertirnos en seres complejos, conocedores de todo, sabios y puros. Espíritus Puros, como los define el Espiritismo.

Como hicimos elecciones alejadas de las leyes de Dios, nos alejamos de la felicidad plena mientras hacíamos evolucionar nuestros cuerpos y nuestra sabiduría.

Son esas elecciones equivocadas y sus efectos los que necesitan ser transformados, eliminados y retirados del camino para que quede solo lo esencial, nuestra conciencia perfecta y buena.

Es como si hoy fuéramos un compuesto de la esencia perfecta y buena, sumada a las energías agregadas que se apartan de la ley de Dios por las elecciones equivocadas del pasado. A medida que conseguimos liberarnos de estas energías y permanecer en la esencia, volveremos a estar plenamente felices.

Esto responde también a La Génesis, para la cual un hombre creado perfecto haría imposible el mal.

Dentro de la perfección de la creación de Dios, existe la posibilidad de que exista el mal, el dolor, el sufrimiento y todos los males que sentimos en nuestras vidas. Y eso no fue un error de Dios: siendo Él perfecto, todo error queda descartado. Dentro de la perfección de Dios, existe la opción de que nosotros, seres inteligentes, hagamos elecciones que se apartan de Sus leyes. Ese es el origen de nuestra infelicidad.

Más cerca de Dios que del Espíritu#

La objeción tenía una segunda parte, y es más honda que la primera: para el Espiritismo, somos espíritus, y no Dios.

Kardec organiza todo lo que existe en tres principios. Está en la pregunta 27:

27. De este modo ¿habrá dos elementos generales en el universo: la materia y el espíritu?

– Sí, y por encima de todo Dios, el creador, el padre de todas las cosas. Estos tres elementos (Dios, espíritu y materia) son el principio de todo lo que existe, la trinidad universal…

Dios, espíritu y materia. La trinidad universal.

Y los propios Espíritus admiten que el del medio es difícil de explicar:

23. a) ¿Cuál es la naturaleza íntima del espíritu?

– No es fácil analizar en vuestro lenguaje el espíritu. Para vosotros no es nada, porque no es una cosa palpable, pero para nosotros es algo. Sabedlo bien, nada es la nada y la nada no existe.

Ante esta tríada, el espírita suele colocarse en el medio. La materia es el cuerpo, que queda atrás. Dios está arriba, lejos, en lo alto de una escalera muy larga. Y nosotros somos el Espíritu: un ser individual, que evoluciona, intentando subir.

Este libro propone mirar desde otro lugar. Vuelve a Hechos de Dios: antes de la Creación, solo existía Dios, y todo lo que fue creado fue hecho de Él. Si es así, lo que existe en el fondo de ti está más cerca del primer principio de la tríada que del segundo. El espíritu y la materia son el modo en que esa esencia se manifiesta: el espíritu, para aprender; la materia, para experimentar. La esencia, ella misma, es de Dios.

La codificación deja una señal de esto. Pregunta dónde está escrita la ley de Dios, y la respuesta no apunta hacia arriba:

621. ¿Dónde está escrita la ley de Dios?

– En la conciencia.

621. a Puesto que el hombre lleva en la conciencia la ley de Dios, ¿qué necesidad tenía de revelársela?

– La había olvidado e ignorado: Dios quiso que le fuese recordada.

En la conciencia. No en un libro, no en un cielo lejano: dentro. Y si la ley de Dios está escrita en nosotros desde siempre, y solo fue olvidada, el trabajo no es ir a buscarla fuera. Es recordar.

Cambiar esta óptica abre un portal de posibilidades. Quien se ve como un espíritu imperfecto subiendo una escalera pasa la vida midiendo la distancia hasta la cima. Quien se ve como la sustancia de Dios aprendiendo a expresarse deja de medir distancias. La paz, el amor, la sabiduría que buscas dejan de ser conquistas que están allá delante y pasan a ser posibilidades aquí, en el ahora, ya disponibles, esperando paso. Lo que parecía imposible para un espíritu imperfecto se vuelve natural para quien está hecho de Dios.

Quien se ve solo como cuerpo vive la ilusión de ser algo que nace, enferma, envejece y se acaba, que puede ser imperfecto y que, por eso, sufre. El Espiritismo ve esa ilusión con claridad y le da un nombre: ignorancia.

Y nosotros, los espíritas, podemos vivir la misma ilusión un peldaño más arriba: la de ser el espíritu, algo inmortal, pero siempre cambiante, sujeto al dolor de cada prueba. Cambiamos el cuerpo por el espíritu, y seguimos tomando por nosotros mismos aquello que cambia y evoluciona.

Quien comprende que somos esencialmente Dios, ni materia ni espíritu, sigue viviendo la impermanencia: el cuerpo envejece, los días pasan, las encarnaciones se suceden. Pero lo vive todo desde otro lugar, donde la mente se aquieta y la realización sucede: una presencia que no empieza ni termina, que nada perturba y a la que nada le falta.

Allí no hay esfuerzo por ser feliz, porque la felicidad es la naturaleza misma de aquello. La tradición india lo llama sat-chit-ananda: ser, conciencia, bienaventuranza. Patanjali habla del Observador en su propia naturaleza. Es una paz que no depende de nada para existir, y por eso nada consigue quitarla.

Las olas siguen subiendo y bajando. Pero quien las ve ya sabe que es el océano.

Kardec no codificó esto. Es la propuesta de este libro, leída a partir de la trinidad que él mismo describió. Pero fíjate en que no borra ninguno de los tres principios. Solo cambia el lugar desde el que los miras.

Sigues siendo espíritu, así como sigues siendo materia mientras estás encarnado. Son las formas por las que te manifiestas y te percibes: el cuerpo, en esta vida; el espíritu, a través de todas ellas. Nada de eso deja de existir. El espíritu sigue siendo inmortal, sigue aprendiendo, sigue reencarnando, exactamente como enseña la Doctrina.

Lo que este libro propone es que eres espíritu, y eres más que eso. Por debajo del espíritu que evoluciona y del cuerpo que envejece, está aquello que no cambia, y es allí, y no en el medio de la tríada, donde habita tu esencia.

Cuatro testigos, una sola palabra#

Kardec lo llamó incompleto. Los cuatro testigos tenían otros nombres para lo mismo.

Ra lo llama distorsión: la luz atravesando el prisma, sin dejar de ser luz.

Bashar lo llama creencia: aquello que crees ser y que ya no concuerda con quien eres.

Sai Baba habla del Atma encubierto: el Atma no cambia, y lo que sufre y aprende es todo lo que se acumuló encima de él.

Patanjali lo llama avidya: tomar el no-yo por yo.

Y cuando la pregunta es sobre lo que somos en el fondo, los cuatro responden desde el mismo lado de la tríada. Ra: "Vosotros sois". Bashar: el Uno es el Todo. Sai Baba: el Atma es Brahman. Patanjali: el Observador, en su propia naturaleza.

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